Estas notas fueron escritas en 1968.
La diferencia entre un relato y una novela reside en lo siguiente: un relato puede tratar de un crimen; una novela trata del criminal, y los
hechos derivan de una estructura psicológica que, si el escritor conoce su oficio, habrá descrito previamente. Por consiguiente,
la diferencia entre un relato corto y una novela no es muy grande; por ejemplo, La larga marcha, de William Styron, se ha publicado
ahora como «novela corta», cuando fue publicada por primera vez en Discovery como «relato largo». Esto significa
que si lo leen en Discovery están leyendo un cuento, pero si compran la edición de bolsillo van a leer una novela. Con eso
basta.
Las novelas cumplen una condición que no se encuentra en los relatos cortos: el requisito de que el lector simpatice o se
familiarice hasta tal punto con el protagonista que se sienta impulsado a creer que haría lo mismo en sus circunstancias... o, en el
caso de la narrativa escapista, que le gustaría hacer lo mismo. En un relato no es necesario crear tal identificación, pues
1) no hay espacio suficiente para proporcionar tantos datos y 2) como se pone el énfasis en los hechos, y no en el autor de los mismos,
carece realmente de importancia -dentro de unos limites razonables, por supuesto- quién es el criminal. En un relato, se conoce a los
protagonistas por sus actos; en novela sucede al revés: se describe a los personajes y despues hacen algo muy personal, derivado de su
naturaleza individual. Podemos afirmar que los sucesos de una novela son únicos, no se encuentran en otras obras; sin embargo, los
mismos hechos acaecen una y otra vez en los relatos hasta que, por fin, se establece un código cifrado entre el lector y el autor. No
estoy seguro de que esto sea especialmente negativo.
Ademas, una novela -en particular una novela de ciencia ficción- crea todo un mundo, aderezado con toda clase de detalles
insignificantes..., insignificantes, quizá, para describir los personajes de la novela, pero vitales para que el lector complete su
comprension de todo ese mundo ficticio. En un relato, por otra parte, usted se siente transportado a otro mundo cuando los melodramas se le
vienen encima desde todas las paredes de la habitación... como describió una vez Ray Bradbury. Este sólo hecho
catapulta el relato hacia la ciencia ficción.
Un relato de ciencia ficción exige una premisa inicial que le desligue por completo de nuestro mundo actual. Toda buena narrativa ha
de llevar a cabo esta ruptura, tanto en la lectura como en la escritura. Hay que describir un mundo ficticio totalmente. Sin embargo, un
escritor de ciencia ficción se halla sometido a una presion más intensa que en obras como, por ejemplo, Paul's Case o
Big Blonde, dos variedades de la narrativa general que siempre permaneceran con nosotros.
En los relatos de ciencia ficción se describen hechos de ciencia ficción; en las novelas de este tema se describen mundos. Los
relatos de esta colección describen cadenas de acontecimientos. El nudo central de los relatos es una crisis, una situación
límite en la que el autor involucra a sus personajes, hasta tal extremo que no parece existir solución. Y luego, por lo general,
les proporciona una salida. Sabe proporcionarles una salida; es lo único importante. Sin embargo, los acontecimientos de una novela
están tan enraizados en la personalidad del protagonista que, para sacarle de sus apuros, debería volver atrás y
reescribir su personaje. Esta necesidad no se encuentra en un relato, sobre todo cuanto más breve sea (relatos largos como Muerte
en Venecia, de Thomas Mann, o la obra de Styron antes citada son, en realidad, novelas cortas). De todo esto se deduce por qué
los escritores de ciencia ficción pueden escribir cuentos pero no novelas, o novelas pero no cuentos: todo puede ocurrir en un cuento;
el autor adapta a sus personajes al tema central. El cuento es mucho menos restrictivo que una novela, en términos de acontecimientos.
Cuando un escritor acomete una novela, ésta empieza poco a poco a encarcelarle, a restarle libertad; sus propios personajes se rebelan
y hacen lo que les apetece... no lo que a él le gustaría que hicieran. En ello reside la solidez de una novela, por una parte,
y su debilidad, por otra
Otro problema que tenía para conseguir que la gente me admirara por haberlo vendido era que mi cuento no era un relato normal para
una pequeña revista, sino que era un cuento de ciencia ficción, un género poco leído por la gente de Berkeley en
aquel tiempo, excepto un reducido grupo de aficionados muy excéntricos; parecían vegetales animados. «¿Qué
pasa con tus historias serias?», preguntaba la gente. Yo tenía la impresión de que Roog era una historia completamente
seria. Habla del miedo, de la lealtad, de una oscura amenaza y de una criatura bondadosa que no puede transmitir el conocimiento de esa
amenaza a sus seres queridos. ¿Qué tema puede haber más serio que ése? Lo que la gente interpreta realmente por
«serio» es «importante». La ciencia ficción no era entonces, por definición, importante. Durante las
semanas que siguieron a la venta de Roog me deprimía cada vez más a medida que advertía los severos códigos de
comportamiento que había quebrantado vendiendo mi cuento, puesto que se trataba de un cuento de ciencia ficción.
Para empeorar las cosas, empecé a alimentar la ilusión de que podía ganarme la vida como escritor. Las fantasías
que llenaban mi cabeza se referían a que podría abandonar mi trabajo en la tienda de discos, comprarme una máquina de
escribir mejor, escribir todo el día y seguir haciendo frente a los gastos de la casa. Tan pronto como empiezas a pensar algo similar
vienen a buscarte y te llevan. Y lo hacen por tu bien. Cuando más tarde te sueltan, ya curado, has olvidado esas fantasías.
Vuelves a trabajar en la tienda de discos, en el supermercado o limpiando zapatos. Bueno, el asunto es que convertirse en escritor
representa... bien, es como aquella vez que le pregunté a un amigo qué pensaba hacer al terminar el colegio y me dijo:
«Voy a ser pirata». Y lo dijo muy en serio.
El hecho de que Roog se vendiera se debió a que Tony Boucher me señaló lo que debía cambiar en el original que le envié. Sin su ayuda aún estaría en la tienda de discos, y lo digo muy en serio. Por aquel entonces Tony daba clases de arte de escribir en la sala de estar de su casa de Berkeley. Leía nuestros cuentos en voz alta y así nos dábamos cuenta, no sólo de lo horribles que eran, sino de cómo podiamos mejorarlos. Tony no se limitaba a mostrarnos los defectos de lo que escribíamos; nos ayudaba a transformar aquella basura en arte. Tony sabía cómo moldear a un buen escritor. Nos cobraba -apunten- un dólar a la semana. ĦUn dólar! Si alguna vez ha existido un hombre bueno en el mundo fue Anthony Boucher. Yo lo adoraba, de veras. Solíamos reunirnos una vez a la semana para jugar al póquer. El póquer, la ópera y la literatura eran lo más importante para Tony. Le echo mucho de menos. Una noche de 1974 soñé que había accedido al otro mundo, y allí estaba Tony, esperándome para ser mi guía. Se me llenan los ojos de lágrimas cuando pienso en ese sueño. Allí estaba, pero transformado en Tony el Tigre, como en esos anuncios de cereales para el desayuno. En el sueño estaba más alegre que nunca, y yo también. Pero era un sueño; Tony Boucher ya se marchó. Sin embargo, sigo siendo un escritor gracias a él. Cada vez que me siento para empezar una novela o un relato, siempre me viene el recuerdo de ese hombre. Creo que me enseñó a escribir por amor, y no por ambición. Es una buena lección para cualquier ocupación en este mundo.
Esta pequeña historia, Roog, trata de un perro real... ya desaparecido, como Tony. El nombre auténtico del perro era Snooper, y creía tanto en su mundo como yo en el mío. Su principal trabajo, en apariencia, era cuidar que nadie robara la comida de su cubo de la basura particular. Snooper actuaba impulsado por la ilusión de que los propietarios consideraban la basura algo valioso. Cada día sacaban bolsas de papel llenas de deliciosa comida y las depositaban en un contenedor de metal que luego tapaban firmemente. Al terminar la semana, el cubo de la basura estaba lleno... y en ese momento llegaba el más diabólico grupo de entidades malignas del Sistema Solar en un enorme camión y robaba toda la comida. Snooper sabía con toda exactitud qué día de la semana ocurría esto: el viernes. Así que a las cinco de la madrugada del viernes, Snooper lanzaba su primer ladrido. Mi esposa y yo teníamos la convicción de que los despertadores de los basureros sonaban a aquella hora. Snooper sabía cuando abandonaban sus casas. Podía oírles. Era el único que podía; todos los demás ignoraban lo que se preparaba. Snooper debía pensar que vivía en un planeta de lunáticos. Sus dueños, y cualquier otro habitante de Berkeley, podían oír a los basureros cuando llegaban, pero nadie hacía nada. Sus ladridos me volvían loco cada semana, pero me sentía más fascinado por la lógica de Snooper que irritado por los freneticos esfuerzos para que nos levantáramos. Me preguntaba: ¿qué idea tendrá este perro del mundo? Es obvio que no lo ve como nosotros lo vemos. Ha desarrollado un completo sistema de creencias, una visión del mundo radicalmente distinta de la nuestra, pero a partir de unas bases completamente lógicas, apoyadas por la evidencia.
De modo que éstas, en su forma más primitiva, son las bases en las que se fundamentaron muchos de mis veintisiete años como escritor profesional: el intento de meterme en la cabeza de otra persona, o en la cabeza de otra criatura, y ver a través de sus ojos, descubriendo así lo distinta que es esta persona del resto de nosotros. Uno empieza con a entidad sensible y avanza hacia afuera, y, a partir de ahí, deduce su mundo. Uno nunca puede saber cómo es realmente este mundo, pero creo que es posible efectuar algunas aproximaciones bastante correctas. Empecé a desarrollar la idea de que cada criatura vive en un mundo distinto al mundo de las demás criaturas. Sigo creyendo en ella. Para Snooper, los basureros eran horribles y siniestros. Pienso que los veía literalmente distintos a como los veríamos nosotros, los humanos.
Esta noción de que cada criatura ve el mundo de manera diferente a las otras criaturas imagino que no será compartida por muchos de ustedes. Tony Boucher tenía muchas ganas de que una antologista muy importante (a la que llamaremos J. M.) leyera Roog para ver si podía utilizarlo en una de sus antologías. Su reaccion me sorprendió. «Los basureros no tienen esa apariencia -me escribió-, no tienen cuellos delgados como lápices y cabezas que se bambolean. No se comen a la gente.» Creo que enumeró doce errores del relato, todos relativos a la forma en que yo presentaba a los basureros. Le respondí explicándole que tenía razón, pero que un perro... bien, de acuerdo, que el perro estaba equivocado, lo admitía. El perro estaba un poco loco. No estábamos tratando con un perro y la visión de unos basureros a partir de los ojos de un perro, sino de un perro loco... que se había vuelto loco a causa de esas incursiones semanales en el cubo de la basura. El perro había alcanzado el estadio de la desesperación. Eso era lo que yo deseaba transmitir. De hecho, era el punto crucial del cuento: el perro había rebasado todas las opciones y se había vuelto loco por culpa de aquel acontecimiento semanal. Y los roogs lo sabían. Les gustaba. Se burlaban del perro. Disfrutaban con su insensatez.
La señorita J. M. me rechazó el cuento para sus antologías, pero Tony lo publicó y aún se sigue publicando; de hecho, actualmente es un texto para alumnos de secundaria. Hablé con una de las clases a las que se había asignado el cuento, y todos los chicos lo entendían. Lo más interesante es que había un estudiante ciego que parecía ser quien mejor había captado su significado. Sabía desde el principio lo que significaba la palabra «roog». Captaba la desesperación del perro, la frustrada furia del perro y su amarga sensación de derrota. Quizá en algun momento entre 1951 y 1971 todos nos hemos acostumbrado a los peligros y transformaciones del entorno habitual de una forma que antes no hubiéramos admitido. No lo sé. Pero, de todos modos, Roog, mi primer relato vendido, es biográfico; vi al perro sufrir, y comprendí un poco (no mucho, quizá, pero un poco) lo que le estaba destruyendo, y sentí deseos de hablar con él. Esa es la pura verdad. Snooper no podía hablar. Yo sí. De hecho, podía escribirlo, alguien podía publicarlo y algunas personas podían llegar a leerlo. Escribir narrativa tiene que ver con esto: convetirse en la voz de aquellos que no la tienen y espero que me entiendan. No es tu voz, la voz del autor; son esas otras voces que nadie oye.
El perro Snooper está muerto, pero el perro de la historia, Boris, sigue vivo. Tony Boucher está muerto, y algún día yo también lo estaré, y, en fin, ustedes también. Pero cuando estuve con aquella clase de secundaria y hablamos de Roog, en 1971, exactamente veinte años despues de vender el cuento... Snooper seguía ladrando y su angustia y sus nobles esfuerzos seguían todavía vivos, y se lo merecían. Mi relato es un homenaje a un animal, a una criatura que ya no ve, ni oye, ni ladra, pero, maldita sea, estaba cumpliendo con su deber. Aunque la señorita J. M. no lo comprendiera.
Me gusta este cuento, y dudo que hoy lo pudiera escribir mejor que cuando lo hice, en 1951. Ahora escribo textos mas largos.
Roog
¡Roog! -dijo el perro.
Apoyó las patas en el borde de la cerca y miró a su alrededor.
El roog irrumpió corriendo en el patio.
Despuntaba la mañana y el sol aún no había salido. El aire era gris y frío, y las paredes de la casa estaban cubiertas de una película de humedad. Sin dejar de mirar, el perro entreabrió las fauces y clavó las negras garras en la madera de la valla.
El roog se detuvó junto a la puerta abierta del patio. Era pequeño, delgado y blanco, y las patas apenas parecian sostenerlo.
El roog parpadeó, y el perro le enseño los dientes.
-¡Roog! -repitió.
El eco repitió el sonido en la silenciosa penumbra matinal. Todo estaba callado y apacible. El perro se puso a cuatro patas y
atravesó el patio en dirección a la escalera del porche. Se sentó en el primer peldaño y miró al roog.
Este le devolvió la mirada. Luego alargó el cuello hacia la ventana de la casa y la husmeó.
El perro cruzó el patio a la carrera. Golpeó la cerca y el portón tembló y crujió por la fuerza del
impacto. El roog se alejó a toda prisa por el sendero con un trotecillo ridículo. El perro se echó junto a la cerca,
con la respiración agitada y la roja lengua colgando. Siguió contemplando al roog mientras se alejaba.
El perro yació en silencio. Sus ojos negros brillaban. Amanecía. El cielo empezó a clarear. El aire de la mañana
transportó los sonidos de la gente que despertaba. Las luces se encendieron detrás de los vitillos. Una ventana se abrió
al frío de la mañana.
El perro continuó inmóvil. Vigilaba el sendero.
La señora Cardossi vertió agua en la cafetera. Una nube de vapor la cegó por un instante. Dejó el pote en el
borde de la cocina y entró en la despensa. Cuando salió, Alf estaba en la puerta poniendose las gafas.
-¿Tienes el periodico? -preguntó.
-Está fuera.
Alf Cardossi atravesó la cocina. Corrió el pestillo de la puerta trasera y salió al porche. Contempló la
mañana húmeda y gris. Boris estaba echado junto a la cerca, negro y peludo, con la lengua fuera.
-Mete la lengua dentro -dijo Alf. El perro levantó la vista al momento. Golpeó la tierra con la cola-. La lengua. Mete la
lengua dentro. El perro y el hombre intercambiaron una mirada.
El perro gimoteó. Tenía los ojos brillantes y enfebrecidos.
-¡Roog! -dijo suavemente.
-¿Que? -Alf miró a su alrededor-. ¿Viene alguien? ¿El chico de los periodicos?
El perro le miró con la boca abierta.
-Hace unos días que te veo alterado -dijo Alf-. Deberías tranquilizarte. Ya somos demasiado viejos para tanta agitación.
Entró en la casa.
Salió el sol. La calle se llenó de luz y color. El cartero hacía su ruta habitual, cargado de cartas y revistas. Los
niños correteaban, riendo y charlando.
A eso de las once, la senora Cardossi barrió el porche delantero. Hizo una pausa y aspiró una bocanada de aire.
-Hoy huele bien -comentó-. Hará buen tiempo.
Cuando el sol de mediodía comenzó a castigar la tierra, el perro negro se tumbó bajo el porche. Su pecho se mov&iacue;a
al compás de la respiración. Los pajaros jugueteaban en el cerezo, graznando y parloteando entre sí. Boris alzaba
la cabeza de vez en cuando y los miraba. Al cabo de un rato se levantó y trotó hacia el árbol.
Fue entonces cuando reparó en los dos roogs sentados en la cerca. Tenían los ojos clavados en él.
-Es grande -dijo el primer roog-, más que la mayoría de los guardianes.
El otro roog asintió con un balanceo de la cabeza. Boris, muy quieto, los vigilaba, con el cuerpo rígido. Los roogs
permanecían en silencio mientras contemplaban al enorme perro con la golilla de pelo blanco hirsuto que adornaba su cuello.
-¿Cómo está la urna de las ofrendas? -preguntó el primer roog-. ¿Está casi llena?
-Sí -confirmó el otro-. Casi a punto.
-¡Eh, tú! -gritó el prmer roog- . ¿Me oyes? Esta vez hemos decidido aceptar las ofrendas. Recuerda que debes
dejarnos entrar. No queremos más tonterías.
-No lo olvides -añadió el otro-. No durará mucho.
Boris no dijo nada.
Los dos roogs saltaron de la cerca y fueron hasta el sendero. Uno ellos sacó un mapa y ambos lo consultaron.
-Esta zona no es la más adecuada para un primer ensayo -dijo primer roog-. Demasiados guardianes... En cambio, la zona norte...
-Ellos ya han decidido -dijo su compañero-. Hay tantos factores...
-Por supuesto.
Echaron una mirada a Boris y se apartaron un poco más de la cerca. El perro no pudo oír el resto de la conversación.
Despues los roogs guardaron el mapa y se alejaron por el sendero. Boris se acercó a la cerca y olfateó los maderos.
Cuando descubrió el olor enfermizo y hediondo de los roogs se le erizó el pelo de la espina dorsal.
Cuando Alf Cardossi llegó a casa por la noche, el perro montaba guardia junto al portón, escudriñando el sendero.
Alf entró en el arlo.
-¿Cómo estás? -preguntó, palmeando el costillar del perro-. ¿Sigues preocupado? Ultimamente estás muy
nervioso. Antes no eras así.
Boris gimoteó y miró a su amo con insistencia.
-Eres un buen perro, Boris. Demasiado mayor, sin embargo. Seguro que ya no te acuerdas de cuando eras un cachorrillo.
Boris se restrego contra la pierna del hombre.
-Eres un buen perro -repitio Alf-. Me gustaria saber que te preocupa.
Entró en la casa.
La señora Cardossi estaba poniendo la mesa para cenar. Alf fue a la sala de estar y se quitó el sombrero y la chaqueta.
Dejó la fiambrera sobre la mesa y volvió a la cocina.
-¿Qué sucede? -preguntó la señora Cardossi.
-El perro debería dejar de ladrar y hacer ruido. Los vecinos volverán a quejarse a la policía.
-Ojalá no tengamos que regalárselo a tu hermano -dijo la señora Cardossi con los brazos cruzados-. A veces parece que se
hubiera vuelto loco, en especial los viernes por la mañana, cuando vienen los basureros.
-Quizá se le pase pronto -repuso Alf. Encendió su pipa y fumó con solemnidad-. Antes no era así. Espero que
recobre la tranquilidad.
-Ya veremos -dijo la señora Cardossi.
El sol salió, frío y ominoso. La niebla colgaba de los árboles y ocupaba las partes más bajas.
Era viernes por la mañana.
El perro negro estaba tendido bajo el porche, con el oido alerta y los ojos bien abiertos. Tenía el pelaje endurecido por el lodo
y al respirar desprendía nubes de vapor que se mezclaban con el escaso aire que corría. De repente, ladeó la cabeza y
se incorporó de un salto.
Un débil pero penetrante sonido llegaba desde la distancia.
-¡Roog! -gritó Boris mirando alrededor.
Corrió hacia el portón, se alzó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en la cerca. El sonido se
repitió de nuevo, más fuerte, no tan lejano como antes. Era estridente y metálico, como si algo rodara o una gigantesca
puerta se abriera.
-¡Roog! -gritó Boris.
Escudriño ansiosamente las ventanas oscurecidas que había por encima de su cabeza. Nada se movió. Nada.
Y entonces vio que los roogs avanzaban por la calle. Los roogs y su camión avanzaban bamboleándose, traqueteando sobre las
piedras con gran estrepito.
-¡Roog! -volvió a gritar Boris.
Sus ojos brillaban en las tinieblas. Luego se calmó. Se echó en el suelo y esperó, atento al menor sonido.
Los roogs detuvieron el camión frente a la casa. Pudo oír como se abrían las puertas y bajaban a la calzada. Boris
empezó a correr en círculos. Gimió y apuntó con el hocico hacia la casa.
El señor Cardossi se incorporó un poco en la tibia oscuridad del dormitorio y echó un vistazo al reloj.
-Maldito perro -murmuró-. Maldito perro.
Hundio el rostro en la almohada y cerró los ojos.
Los roogs bajaban por el sendero. El primer roog empujó la puerta hasta que cedió. Los roogs entraron en el patio. El perro
retrocedió.
-¡Roog!¡Roog! -gritó.
El horrible y acre olor de los roogs le hizo salir huyendo.
-La urna de las ofrendas -dijo el primer roog-. Creo que está llena. -Sonrió al aterrorizado perro-. Muy amable de tu parte.
Los roogs se acercaron al cubo de metal; uno de ellos sacó la tapa.
-¡Roog!¡Roog! -gritaba Boris, acurrucado junto al primer escalón del porche.
Temblaba de miedo. Los roogs levantaron el cubo y lo pusieron de costado. El contenido se desparramó sobre el suelo y los roogs
destrozaron las bolsas de papel. Eligieron las mondaduras de naranja, los trozos de pan tostado y las cascaras de los huevos.
Uno de los roogs se metió una cascara de huevo en la boca y la destrozó con un crujido.
-¡Roog! -gritó Boris casi para sí, perdida toda esperanza.
Los roogs casi habían terminado de recoger las ofrendas. Hicieron una pausa y miraron a Boris.
Entonces, lenta y silenciosamente, alzaron la vista hacia la casa y examinaron las paredes, el estuco y la ventana con el visillo de color
pardo todavía corrido.
-¡ROOG! -chillo Boris, y avanzó hacia los intrusos con ágiles movimientos, enfurecido y asustado al mismo tiempo.
Los roogs se apartaron de la ventana a regañadientes. Salieron por el portón y lo cerraron.
-Miradlo -dijo el ultimo roog con desprecio mientras levantaba el extremo de la manta hasta la altura del hombro.
Boris cargó contra la cerca, con las fauces abiertas y dispuestas a triturar. El roog más grande agitó los brazos
frenéticamente y Boris retrocedió. Se tumbó al pie de la escalera del porche, con la boca aún abierta.
Dejó escapar un terrible gemido de desdicha, un aullido que expresaba toda su tristeza y desesperación.
-Vámonos -dijo uno de los roogs al que permanecí junto a la cerca.
Echaron a andar por el sendero.
-Bueno, excepto estos lugarejos custodiados por los guardianes, ha quedado despejada -dijo el roog mas grande-. Me alegraré cuando
hayamos acabado con este guardián en particular. Nos causa muchos problemas.
-No te impacientes -sonrió otro roog-. Tenemos el camión repleto. Dejemos algo para la semana que viene.
Todos los roogs rieron. Ascendieron por el sendero transportando las ofrendas en la manta sucia que se hundía por el centro.
Regreso al imperio de la imaginación
Creada por el muy poco noble y muy poco insigne señor don Inge y los Malditos en esta
leal, santa, infausta y mefistofélica cuidad de México durante el día, mes y año del señor
8-Cuetzpallin de Hueytecuilhuitl del año 9-Tecpatl (gregoriano: 2 de agosto de 2008).
Fecha de última actualización: 9-Coatl de Hueytecuilhuitl del año 9-Tecpatl (gregoriano: 3 de agosto de 2008).
Fecha espacial:2710.98