En el jardín de la señora Swinton siempre era verano.
Estaba rodeado por hermosos almendros, perpeutamente en flor. Monica Swinton
cortó una rosa color azafrán y la enseñó a
David.
—¿A que es bonita?
David la miró y sonrió sin contestar. Se apoderó
de la flor, atravesó corriendo el jardín, y desapareció
tras la perrera donde acechaba el robosegador, preparado para cortar,
barrer o rodar cuando llegara el momento. Monica se había quedado
sola en el impecable sendero de grava plastio deficada. Cuando tomó
la decisión de seguir al niño, le encontró en el patio,
y la rosa flotaba en el estanque. David se había metido en el agua,
todavía calzado con las sandalias.
—David, cariño, ¿por qué has de portarte tan mal?
Ve enseguida a cambiarte los zapatos y los calcetines.
El niño entró en la casa sin protestar, su cabeza morena oscilando a la altura de la cintura de su madre. A la edad de tres años, no mostró el menor temor al secador ultrasónico de la cocina. Sin embargo, antes de que su madre pudiera localizar un par de zapatillas, se zafó de ella y desapareció en el silencio de la casa. Estaría buscando a Teddy.
Monica Swinton, veintinueve años, de figura grácil y ojos centelleantes, fue a sentarse en la sala de estar y acomodó sus miembros con elegancia. Empezó por sentarse y pensar. Al cabo de poco, sólo estaba sentada. El tiempo se le reclinaba en el hombro con la pereza maníaca reservada a los niños, los locos y la esposas cuyos maridos están lejos de casa, mejorando el mundo. Casi por reflejo, extendió la mano y cambió la longitud de onda de las ventanas. El jardín se desvaneció. En su lugar, apareció el centro de la ciudad junto a su mano izquierda, abarrotado de gente, botes neumáticos y edificios, pero mantuvo el sonido al mínimo. Continuó sola. Un mundo superpoblado es el lugar ideal para estar solo.
Los directores de Synthank estaban disfrutando de un gran banquete para
celebrar el lanzamiento de su nuevo producto. Algunos usaban máscaras
faciales de plástico, muy populares en aquel momento. Todos eran
elegantemente delgados, pese a la abundante comida y bebida que estaban
trasegando. Todas sus esposas eran elegantemente delgadas, pese a la abundante
comida y bebida que también estaban trasegando. Una generación anterior
y menos sofisticada les habría considerado gente hermosa, aparte
de sus ojos. Henry Swinton, director gerente de Synthank, estaba a punto
de pronunciar un discurso.
—Siento que tu mujer no haya podido venir para oirte —dijo su
vecino.
—Monica prefiere quedarse en casa, absorta en hermosos pensamientos
—dijo Swinton sin abandonar su sonrisa.
—No cabe duda de que una mujer tan hermosa ha de alumbrar hermosos
pensamientos —dijo el vecino.
Aleja tu mente de mi esposa, bastardo, pensó Swinton, siempre
sonriente.
Se levantó entre aplausos para pronunciar el discurso. Después
de un par de bromas, dijo:
—El día de hoy representa un auténtico avance para la
empresa. Han pasado casi diez años desde que lanzamos al mercado
nuestras primeras formas de vida sintética. Todos saben el éxito
que han alcanzado, en particular los dinosaurios en miniatura. Pero ninguna
de ellas poseía inteligencia.
»Parece una paradoja que en este momento de la historia seamos
capaces de crear vida pero no inteligencia. Nuestra primera línea
de venta, la Cinta Crosswell, es la más vendida, y la más
estúpida.
Todo el mundo rió.
—Aunque las tres cuartas partes de nuestro mundo superpoblado mueren
de hambre, nosotros somos afortunados de tener más que nadie, gracias
al control de la natalidad. Nuestro problema es la obesidad, no la malnutrición.
Supongo que no hay nadie en esta mesa que no tenga una Crosswell en el
intestino delgado, un parásito cibernético perfectamente inofensivo
que permite a su anfitrión comer hasta un cincuenta por ciento más,
y sin embargo mantener la figura. ¿No es así? Asentimientos
generales.
—Nuestros dinosaurios en miniatura son casi igualmente estúpidos.
Hoy lanzamos una forma de vida sintética inteligente: un criado
de tamaño natural. No sólo posee inteligencia, sino una cantidad
controlada de inteligencia. Creemos que la gente tendría miedo de
un ser con cerebro humano. Nuestro criado lleva un pequeño ordenador
en el cerebro.
»Se han lanzado al mercado seres mecánicos con miniordenadores
en lugar de cerebro, objetos de plástico sin vida, superjuguetes...
pero por fin hemos descubierto una forma de insertar circuitos informáticos
en carne sintética.
David estaba sentado junto a la larga ventana de su cuarto, forcejeando
con lápiz y papel. Por fin, dejo de escribir e hizo rodar el lápiz
arriba y abajo por sobre el inclinado del escritorio.
—¡Teddy! ódijo.
El oso saltó de la cama, se acercó con paso rígido
y agarró la pierna del niño. David lo levantó y sentó
sobre el escritorio.
—¡Teddy, no sé qué decir!
—¿Qué has dicho hasta el momento?
—He dicho... —Cogió su carta y la miró fijamente—. He
dicho: «Querida mamá, espero que te encuentres bien. Te quiero...»
Se hizo un largo silencio hasta que el oso dijo:
—Suena bien. Baja y dásela.
Otro largo silencio.
—No acaba de convencerme. Ella no lo entenderá.
Dentro del oso, un pequeño ordenador activó su programa
de posibilidades.
—¿Por qué no lo repites a lápiz?
David estaba mirando por la ventana.
—¿Sabes lo que estaba pensando, Teddy?¿Cómo diferencias
las cosas reales de las que no lo son?
El oso repasó sus alternativas.
—Las cosas reales son buenas.
—Me pregunto si el tiempo es bueno. Creo que a mamá no le gusta
mucho el tiempo. El otro día, hace muchísimos días,
dijo que el tiempo se le escapaba. ¿El tiempo es real, Teddy?
—Los relojes miden el tiempo. Los relojes son reales. Mamá tiene
relojes, de modo que deben de gustarle. Lleva un reloj de muñeca,
junto con el dial. David había empezado a dibujar un jumbo al reverso
de su carta.
—Tú y yo somos reales, ¿verdad Teddy?
Los ojos del oso contemplaron al niño sin pestañear.
—Tú y yo somos reales, David.
Estaba especializado en dar consuelo.
Monica paseaba sin prisas por la casa. Ya faltaba poco para sintonizar
el correo de la tarde. Marcó el número de la central de correos
en el dial de la muñeca, pero no apareció nada. Unos minutos
más. Podía proseguir su cuadro. O llamar a sus amigas. O
esperar a que Henry llegara a casa. O subir a jugar con David...
Salió al vestíbulo y se acercó al pie de la escalera.
—¡David!
No hubo respuesta. Llamó otra vez, y una tercera.
—¡Teddy! —llamó, en un tono más perentorio.
—Sí, mamá.
Al cabo de un momento, la cabeza de pelaje dorado de Teddy apareció
en el rellano de la escalera.
—¿Está David en su habitación, Teddy?
óDavid ha salido al jardín, mamá.
—¡Baja, Teddy!
Monica permaneció inmóvil, contemplando bajar peldaño
a peldaño a la figurita peluda sobre sus extremidades achaparradas.
Cuando llegó al vestíbulo, lo cogió y transportó
hasta la sala de estar. Yacía quieto en sus brazos, con la mirada
fija en ella. Apenas notaba la vibración del motor.
—Quédate ahí, Teddy. Quiero hablar contigo.
Lo dejó sobre la mesa, y el osito obedeció,con los brazos
extendidos, en el gesto eterno del abrazo.
—Teddy, ¿te ordenó David decirme que había salido
al jardín?
Los circuitos del cerebro del oso eran demasiado sencillos para cualquier
artificio.
—Sí, mamá.
—Luego, me has mentido.
—Sí, mamá.
—¡Deja de llamarme mamá! ¿Por qué me esquiva
David? No tendrá miedo de mí, ¿verdad?
—No. Él te quiere.
—¿Por qué no podemos comunicarnos?
—David está arriba.
La respuesta la dejó sin habla. ¿Para qué perder el tiempo hablando con esa máquina? ¿Por qué no subir, tomar a David en sus brazos y hablar con él, como haría cualquier madre con su hijo adorado? Oyó el peso del silencio que reinaba en la casa, pero pesaba de un modo diferente en cada habitación. En el rellano del primer piso, algo se movía con sigilo: David, que intentaba huir de ella...
Se acercaba al final del discurso. Los invitados estaban atentos, y
también la prensa, alineada a lo largo de dos paredes del salón
de banquetes, grabando las palabras de Henry y fotografiándole de
vez en cuando.
—Nuestro criado será, en muchos sentidos, un producto de ordenador.
Sin ordenadores, jamás habríamos podido dominar las complejidades
bioquímicas de la carne sintética. Este criado será
también una extensión del ordenador, pues contendrá
un ordenador en la cabeza, un ordenador microminiaturizado capaz de afrontar
casi cualquier situación que pueda surgir en el hogar. Con reservas,
por supuesto.
Risas. Muchos de los presentes conocían el acalorado debate
que había tenido lugar en el seno de la junta de Synthank antes
de que se hubiera tomado la decisión de que el criado, bajo el impecable
uniforme, fuera un ser neutro.
—Entre todos los triunfos de nuestra civilización, sí,
y entre los espantosos problemas de superpoblación, es triste recordar
a los muchos millones de personas que sufren cada día más
de soledad y aislamiento. Nuestro criado será de gran ayuda para
ellas. Siempre contestará, y no puede aburrirle ni la conversación
más insípida.
»Para el futuro, proyectaremos más modelos, masculinos
y femeninos, algunos sin las limitaciones de éste, se los prometo,
de un diseño más avanzado, verdaderos seres bioeléctricos.
»No sólo poseeran sus propios ordenadores, capaces de
programación individual: estarán conectados con la Red Mundial
de Datos. De esta forma, todo el mundo podrá disfrutar del equivalente
de un Einstein en sus hogares. El aislamiento será erradicado para
siempre.
Se sentó, arropado por una salva de aplausos entusiastas. Hasta
el criado sintético, sentado a la mesa con un traje poco ostentoso,
aplaudió con fervor.
David rodeó con sigilo una esquina de la casa, arrastrando su
bolsa. Trepó al banco ornamental situado bajo la ventana del vestíbulo
y echó un vistazo al interior. Su madre estaba de pie en mitad de
la sala. La miró, fascinado. Tenía el rostro inexpresivo.
Tal falta de expresión la asustó. No se movió; ella
no se movió. Era como si el tiempo se hubiera detenido, tanto dentro
como en el jardín. Teddy paseó la vista en torno, le vió, saltó de la mesa
y se acercó a la ventana. Forcejeó con su garra y consiguió
abrirla.
Ambos se miraron.
—No soy bueno, Teddy. ¡Huyamos!
—Eres un niño muy bueno. Tu mamá te quiere.
David negó lentamente con la cabeza.
—Si me quiere, ¿por qué no puedo hablar con ella?
—No seas tonto, David. Mamá se siente sola. Por eso te tiene
a ti.
—Tiene a papá. Yo no tengo a nadie, excepto a ti, y me siento
solo.
Teddy le dió una palmada cariñosa en la cabeza.
—Si tan mal te sientes, sería mejor que volvieras al psiquiatra.
—Odio a ese viejo psiquiatra. Con él tengo la sensación
de no ser real.
Empezó a correr entre la hierba. El oso, saltó de la ventana
y le siguió con la misma rapidez que le permitían sus patas
achaparradas.
Monica Swinton estaba en el cuarto de los juguetes. Llamó a
su hijo una vez y permaneció inmóvil, indecisa. Todo era
silencio.
Lápices esparcidos sobre el escritorio. Obedeciendo a un repentino
impulso, se acercó al escritorio y lo abrió. Dentro había
docenas de hojas de papel. Muchas estaban escritas a lápiz con la
torpe caligrafía de David, cada letra de un color distinto a la
anterior. Ninguno de los mensajes estaba terminado.
MI QUERIDA MAMÁ, CÓMO ESTÁS, ME QUIERES TANTO
QUERIDA MAMÁ, TE QUIERO TANTO Y TAMBIÉN A PAPÁ
Y EL SOL ESTÁ BRILLANDO
QUERIDÍSIMA MAMÁ, TEDDY ME ESTÁ AYUDANDO A ESCRIBIRTE.
TE QUIERO Y TAMBIÉN A TEDDY
QUERIDA MAMÁ, SOY TU ÚNICO HIJO Y TE QUIERO TANTO QUE
A VECES
QUERIDA MAMÁ, TÚ ERES DE VERDAD MI MAMÁ Y ODIO
A TEDDY
QUERIDA MAMÁ, SOY TU HIJITO NO TEDDY Y TE QUIERO PERO TEDDY
QUERIDA MAMÁ, ESTA CARTA ES SÓLO PARA TI PARA DECIRTE
CUANTÍSIMO
Monica dejó caer las hojas de papel y estalló en lágrimas.
Con sus alegres e inadecuados colores, las cartas revolotearon y se posaron
en el suelo.
Henry Swinton cogió el expreso de vuelta a casa, de muy buen
humor, y de vez en cuando dirigió la palabra al criado sintético
que llevaba a casa. El criado contestaba con educación y precisión,
aunque sus respuestas no siempre eran adecuadas según los criterios humanos.
Los Swinton vivían en uno de los barrios más lujosos
de la ciudad, a medio kilómetro sobre el nivel del suelo. Encerrado
entre otros apartamentos, el suyo carecía de ventanas al exterior,
pues nadie quería ver el mundo exterior superpoblado. Henry abrió
la puerta con el escáner retiniano y entró, seguido del criado.
Al instante, Henry se encontró rodeado con la confortadora ilusión
de jardínes sumergidos en un verano eterno. Era asombroso lo que
Todograma podía hacer para crear inmensos espejismos en un espacio
reducido. Detrás de las rosas y las
glicinas se alzaba su casa. El engaño era completo: una mansión
georgiana parecía darle la bienvenida.
—¿Te gusta? —preguntó al criado.
—Las rosas tienen parásitos a veces.
—Estas rosas están garantizadas contra toda imperfección.
—Siempre es aconsejable comprar productos garantizados, aunque sea
un poco más caros.
—Gracias por la información —dijo Henry con sequedad.
Las formas de vida sintéticas tenían menos de diez años,
y los antiguos androides mecánicos menos de dieciséis. Aún
estaban elimiando fallos en sus sistemas, año tras año. Abrió
la puerta y llamó a Monica.
Su esposa salió de la sala de estar al instante y le echó
los brazos al cuello, le besó con pasión en las mejillas
y los labios. Henry se quedó asombrado. Apartó la cabeza
para mirarle la cara y vio que parecía irradiar luz y belleza. Hacía
meses que no la veía tan entusiasmada. La abrazó con más
fuerza.
—¿Qué ha pasado, cariño?
—Henry, Henry... Oh, querido. Estaba tan desesperada... Pero sintonicé
el correo de la tarde y... ¡No te lo vas a creer! ¡Es maravilloso!
—Por el amor de Dios, mujer, ¿qué es maravilloso?
Vislumbró el encabezamiento de la fotostática que ella
sujetaba, recién salida del receptor mural y todavía húmeda:
Ministerio de la Población. Sintió que el color abandonaba
su semblante a causa de la sorpresa y la esperanza.
—Monica... Oh... ¡No me digas que ha salido nuestro número!
—Sí, querido, hemos ganado la lotería de paternidad de
esta semana. ¡Podemos concebir un hijo ahora mismo!
Henry lanzó un grito de júbilo. Bailaron por la sala.
La presión demográfica era tan enorme que la reproducción
era controlada estrictamente. Se requería un permiso del gobierno
para tener hijos. Habían esperado cuatro años a que llegara
aquel momento. Proclamaron a los cuatro vientos su alegría.
Pararon por fin, jadeantes, y se quedaron en el centro de la sala,
riendo de la mutua felicidad. Cuando había bajado del cuarto de
los juguetes, Monica había desoscurecido las ventanas, de modo que
ahora exhibían la perspectiva del jardín.
El sol artificial teñía de oro el césped... y
David y Teddy les estaban mirando a través de la ventana. Al ver
sus caras, Henry y su mujer se pusieron serios.
—¿Qué haremos con ellos? —preguntó Henry.
—Teddy no causa problemas. Funciona bien.
—¿David funciona mal?
—Su centro de comunicación verbal todavía le causa problemas.
Creo que tendrá que volver a la fábrica.
—De acuerdo. Veremos cómo funciona antes de que nazca el niño.
Lo cual me recuerda... Tengo una sorpresa para ti. ¡Ayuda en el momento
necesario! Ven al vestíbulo, te enseñaré lo que he
traido.
Mientras los dos adultos desaparecían de la sala, el niño
y el oso se sentaron bajo las rosas.
—Teddy... Supongo que mamá y papá son reales, ¿verdad?
—Haces unas preguntas muy tontas, David —contestó Teddy—. Nadie
sabe lo que significa "real". Entremos.
—Antes voy a coger otra rosa.
Arrancó una flor brillante y se la llevó a la casa. Podría
dejarla sobre la almohada cuando fuera a dormir. Su belleza y suavidad
le recordaban a mamá.
Brian Aldiss.
Regreso
a la página de Superjuguetes
Creada por el muy poco noble y muy poco insigne señor
don Inge y los Malditos en esta leal, santa, infausta y mefistofélica
cuidad de México durante el día, mes y año del señor
2-Mazatl de la veintena Títitl de 2-Calli (grego0riano: 30 de enero de 2002).
Fecha de última actualización: 5-Calli
de Quecholli del año 7-Tochtli (gregoriano: 29 de noviembre de 2006).