Este es el espacio que aprovecho para poner en línea mi bola de escritos horripilantes. Algunos los leerán por curiosidad, otros por morbo y otros como remedio para el insomnio.
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| Ser o estar maldito | Mucha gente piensa que maldito siempre es peyorativo. Yo solamente la veo como una palabra ruda, sin espacio para
delicadezas pero sí para muchas sutilezas. Puede significar diferentes cosas para diferentes personas; ¿lo que significa para
mí? Para mí..., por eso escribí este ensayo. |
Ser o estar maldito |
| Mi vida en un microsegundo | Este ensayo está bien alucinado y ni siquiera estoy seguro de qué es lo que trata. Algo así como superación personal (aunque odio eso), o mis reflexiones como atáxico y repudiado sentimentalmente (aunque eso suena como cursi). |
Mi vida en un microsegundo |
| Los Arcoiris | Quisiera que este cuento quedara contenido en las fronteras de la fantasía, desgraciadamente no es así, y puede llegar a ser mas real de lo que uno quisiera. |
Los Arcoiris |
SER O ESTAR MALDITO
Por el Inge y sus alucinados Malditos
Sí,... sé lo que es ser un maldito.
Recuerdo muchas cosas de mi pasado; cuando la maldición pesaba como el demonio. Cuando no aceptaba que formaría parte de mi vida, cuando ni siquiera tomaba en serio la perpetuidad de los malditos.
Recuerdo que en algún tiempo mi corazón albergó ilusión y esperanza, recuerdo que llegué a pensar en el amor de una mujer; recuerdo que Laura me rebasó sin siquiera voltear hacia atrás, y que empecé a probar las hieles de la maldición. Recuerdo que en mi boca algún día se articularon las palabras "Te quiero", y que tuve que estar ahí para oir como Mónica me rechazaba, y recuerdo el sentido de extrañeza que me invadió cuando me dí cuenta que ni el inclemente sol del mediodía ni el hacinamiento de gente en el centro pudieron hacer mella alguna en su corazón helado y en el insoportable vacío que se empezaba a apoderar de mis entrañas.
Sí,... ¡Claro que recuerdo!
Lo que es tratar de no parecer maldito; incluso conozco los consejos ayudate-a-ti-mismo para ni siquiera pensar en ser maldito. Obviamente, conozco la frustración, depresiones y demás miserias que uno se causa al seguir fielmente esos alegatos. Sé lo que es estar al borde del suicidio por estar deprimido, y reconozco la grandeza en el odio a uno mismo y en el valor de aceptar la vida.
En mi mente todavía brilla el recuerdo del esfuerzo por integrarse a la sociedad, conozco la angustia que se siente al darse cuenta que, aparte de maldito, uno está al borde de la nadiedad: de ser un don-nadie, de vivir una existencia por demás inútil y trivial.
Recuerdo la frialdad con que la sociedad, la gente productiva, la fuerza laboral, las empresas eternas y poderosas, son capaces de rechazar todo intento de mejora, o si quiera las peticiones y ruegos de entrar a tan maravilloso mundo.
Recuerdo que estaba consciente cuando me rompieron el corazón por -espero- última vez; cuando por primera vez extrañé el sentirme maldito, cuando por mi voluntad regresé al sitio que considero mi infierno personal. Todavía siento mareos, aprehensión, angustia y alivio cuando pienso en los alrevesamientos, volteretas y demás giros que me ha presentado el destino, y que me han hecho pensar y reflexionar, y perder tanto tiempo de mi vida.
Quizá en el futuro recuerde mi presente, tal como ahora recuerdo mi pasado; quizá entonces pueda recordar como vivo ahora, sin amor ni odio, sin rencores ni alivio, sin sufrimientos ni placeres. Espero que pueda recordar cómo los filósofos, ensayistas, sociólogos y demás fauna estudiosa han advertido acerca de la degradación de nuestra sociedad: acerca del aproximamiento inevitable hacia lo que sabemos será lo más parecido al infierno.
Espero que en el futuro mis recuerdos se acompañen de risas por haberme adaptado tan bien.
Mi vida en un microsegundo o las falsas profecías.
por el Inge y los Malditos.
"Nunca te rindas sin pelear
(hey tú, nunca me digas que no hay esperanza alguna)"
- Pink Floyd
Hace años recibí una advertencia concerniente a mi futuro.
Una advertencia es algo que suena amenazante, algo a lo que se le tiene miedo; pero al paso del tiempo he olvidado ese yugo y pensé en llegar a la normalidad o por lo menos, vivir tratando de alcanzar una paz ilusoria. Incluso llegué a pensar en que podría llegar a vivir sin delimitación o restricción alguna.
Pero esa advertencia sigue ahí, sin -al parecer- importarle mi angustia ni mis desvelos.
La advertencia me ha avisado de ciertos límites personales que no debo rebasar. Ahora sé que los límites que se me impusieron no fueron forzados ni artificiales. Es decir, creo que debo pensar que tengo mala suerte, ¿y quién pudiera hacer algo?, nadie, en ninguna parte del mundo, es cierto. La marca de ese límite no está grabada en mi cuerpo, en realidad es parte de mí, es algo así como natural. Pero si lo pienso mejor, me puedo dar cuenta que no es solamente mala suerte, más allá de mi persona está esa advertencia, sola, fría, muda..., pero amenazante. A veces me pregunto si mi suerte es peor o mejor a la de los demás; si lo analizo fríamente, sin siquiera interés en mi pasado o en mi (posible) futuro, llego a la conclusión de que en realidad me ha ido bien. La realidad es que no me importa la suerte de los demás; lo peor es que los dejara vivir mi vida.
A lo largo del tiempo he aprendido que no es fácil saber lo que uno tiene que hacer con su vida. No es fácil saber que uno tiene el futuro en sus manos, y darse cuenta de que el tiempo y tu propia existencia se escurren entre tus manos como las partículas de la más fina arena.
No es fácil continuar viviendo en un mundo donde todo se siente tan frío y lejano; donde uno solamente encuentra muros impenetrables en el lugar donde uno esperaba encontrar la luz, por lo menos una lamparita que lo ayude a uno a recorrer el camino. El camino que tenemos que recorrer para alcanzar la libertad es muy sinuoso, y nunca está dirigido hacia algún lugar determinado. Es más, a veces parece que solamente es una serie de círculos mal trazados, grandes y enredados.
Cuando uno emprende el camino, puede llegar a desesperarse, a pensar que el camino no tiene sentido. Sobre todo cuando el corazón empieza a encontrar un refugio, cuando uno se ilusiona con un hogar, cuando uno llega a pensar que el camino tiene un cierto sentido..., bueno, a veces pasa que uno tiene que seguir su recorrido solo, sucede que a veces nos confundimos y pensamos que encontramos a la persona correcta, cuando tan sólo está de paso en nuestro camino.
Entonces uno se siente totalmente desamparado: es como si a uno lo hubieran dejado abandonado a su suerte justo en el medio de un huracán. Es como si de repente la vida fuera demasiado grande para uno, solamente se sienten ganas de dormir, de permanecer inconsciente; es cuando uno llega a pensar "paren el mundo que quiero bajar".
No sé si para nuestra suerte o nuestra desgracia, el mundo no se detiene nunca. En realidad, la única forma de "bajarse" del mundo es quitándose la vida. Es en momentos como éste cuando uno piensa que la vida ya ha sido demasiado ingrata con uno, uno piensa que es demasiado duro seguir viviendo en un espacio y un tiempo cuyo sentido ha dejado de existir. Hasta uno llega a creerse todo lo que tanto alega la dicharachería popular: que si el amor, que si la felicidad, que si las metas, que si los objetivos. Uno llega a pensar que este tipo de sabiduría popular es cierta, y llega a tomar todo esto como una profecía, y toda su representación como un presagio.
Darse cuenta que todo esto es falso es muy duro y cruel. Cruel y falso a la vez. Si uno lo piensa, se da uno cuenta que el amor sí existe -aunque se disfrace de invisibilidad-, si uno lo piensa, se da uno cuenta que la felicidad tan sólo se esconde; si uno piensa y reflexiona, las metas y objetivos son reales, y uno lucha por ellos. Todo esto existe, pero hay que luchar por ello, no lo están esperando a uno, como reza la sabiduría popular; todas estas profecías son falsas, como falsos son los presagios tan esperados y bien recibidos. Tan falsos son los profetas que pregonan estas dicharacherías como cierta es la lucha que verdaderamente da sentido a nuestra vida.
II
"La victoria o la derrota están en manos de los dioses,
los hombres sólo podemos luchar, ¡viva nuestra lucha!"
- grito de guerra Swahili
Algunas culturas primitivas se dieron cuenta que algunos aspectos de la vida no eran controlables por las capacidades humanas: el amor, la salud, la felicidad...., si uno era lo suficientemente afortunado para recibir estas dádivas, uno debía sentirse agradecido hacia alguna deidad o ente superior a lo simplemente humano. Se reconocía que lo único verdaderamente controlable por los humanos, o por las capacidades humanas eran la cultura, la tenacidad, la valentía de luchar por la vida.
Si uno cejara en la lucha por la vida, si uno al fin se diera por vencido, entonces es (en realidad) cuando uno deja de vivir. La muerte física en realidad no importa.
Es nuestro dolor, nuestros momentos felices, nuestras preocupaciones, nuestras angustias y satisfacciones lo que nos hace sentir vivos, lo que nos hace saber que tenemos un futuro, y que uno tiene que seguir pensando, y soñando e ilusionándose; si uno de nuestros sueños o ilusiones se rompe en mil y un pedazos es porque los sueños e ilusiones que uno tiene son valiosos (después de todo, si uno quiere un verdadero cristal cortado - bello y etéreo -, tiene uno que aceptar la posibilidad de que llegue a romperse; una imitación de plástico irrompible no nos da la misma sensación de belleza), lo importante es nuestra tenacidad, nuestra entereza hacia la adversidad; sentir que estas tragedias (a veces cuasi-griegas) solamente son una oportunidad para mostrarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean, que nuestra persona es más grande que lo que se ve a simple vista, que realmente valemos en esta vida, es en estas raras ocasiones cuando podemos demostrar a los otros que realmente pueden contar con uno.
La lucha puede parecer eterna y sin tregua, y tenemos que ser valientes y tenaces para poder continuar; y debemos mostrar esa tenacidad equilibrándola en la tenue línea que la separa de la necedad. Supongo que mantener este equilibrio es lo que hace tan difícil e interesante vivir.
III
"Sé que eres parte de mi corazón,
y sé que eres parte de mi alma;
pero, aún así
yo puedo vivir contigo o sin ti"
- U2/El inge y los malditos
Siempre se necesita valentía para vivir, para soportar el dolor y todos los problemas que nos depara el futuro. La recompensa es la satisfacción, la confianza, la alegría y -a veces- el amor. Para justificar esta valentía hacia el hecho de vivir, nuestra alma cuenta con la fe.
La fe es el sentimiento que se tiene cuando uno cree en algo aún sin tener prueba de su existencia; el futuro siempre es incierto y borroso, las recompensas pueden llegar más temprano o más tarde, a veces llegan disfrazadas de formas irreconocibles, puede llegar el caso -incluso- que uno ya haya obtenido recompensas a su esfuerzo, y ni siquiera se haya percatado de ello. Pienso que el sentimiento que se debe tener al enfrentar el futuro debe ser muy parecido a esto.
Una de las pruebas más difíciles que se nos presentan a lo largo de la vida sucede cuando nuestro corazón sufre una desilusión, casi siempre es una desilusión hacia una de nuestras metas más anheladas: el amor.
Si uno no sufriera por la pérdida de una ilusión, quizá la meta de tener amor no sería tan buscada y tan gratamente recibida.
Hasta cierto punto pienso que la advertencia que tanto ha matizado mi vida es la pérdida de mis más caras ilusiones. En muchos sentidos, es como si mi alma se hubiera quebrado y la tan terrífica advertencia pesara sobre mis hombros como un arremedo de tortura medieval. Sin embargo, al paso del tiempo he asimilado la advertencia - ya de memoria tan triste - como una parte de mí; ahora forma parte de mi pasado, me acompaña en el presente y sé que estará en mi camino en el futuro.
Un filósofo (cuyo nombre se oculta insistentemente en los más lejanos confines de mi muy limitada memoria) mencionaba que los ángeles y demás entes de extracción celestial siempre aparecen anunciando el momento de morir, y que uno puede accesar un nivel superior de existencia; tienen un comportamiento digno de un ángel si uno está de acuerdo en acompañarlos. Sin embargo, si uno trata de aferrarse al nivel existencial en donde uno está, los ángeles toman la apariencia de los más terribles demonios que quieren arrastrarlo a uno al lugar donde están. Situación por demás similar a la que me ha tocado en suerte (no sé si buena o mala) vivir: si yo acepto la advertencia que se me hizo una vez como parte de mi existencia, no sólo dejo de sufrir y angustiarme, sino que siento que forma parte de mi personalidad, y puedo sentir mi propia individualidad e independencia; mas si dejo que mi situación atemorice y limite mi propia existencia, de repente me encuentro con un obstáculo casi insalvable, de forma sorpresiva tengo una molestia y angustia existencial que fácilmente desemboca en una crisis.
Ahora puedo decir que soy único y diferente a todos los demás, como todos deberían considerarse respecto a sí mismos. En la vida de cada persona (y por supuesto que en la mía) las situaciones que se presentan a diario forman obstáculos -a veces pequeños y casi insignificantes y a veces colosales y casi infranqueables. Obstáculos de la más diversa índole: económicos, familiares - o muchas veces - sentimentales; en esos momentos uno quisiera algún consejo para poder sobrellevar esa situación, muchas veces uno quisiera tener experiencia sobre la vida y saber qué hacer. Generalmente se llega a la convicción de que la vida moderna es demasiado complicada para poderla abarcar, uno siente que realmente la vida ha sido fútil, que realmente no se han adquirido los conocimientos necesarios para poder enfrentarla; a veces se siente una carga que uno identifica como la propia vida inútil que se está llevando; es como si uno (repentina y sorpresivamente) se diera cuenta que ha vivido su propia vida en un microsegundo, que no se ha sabido vivir.
Pero todo esto se debe tomar como parte de la vida propia. Como parte de la formación personal, como parte de las experiencias propias; como parte del aprendizaje. En realidad no importan los rechazos o dificultades a lo largo de la vida: al final todo será parte de uno. Y será entonces cuando se pueda demostrar si uno es lo suficientemente fuerte para sobrellevar las dificultades; si uno es suficientemente tenaz para asimilar su propia vida (en mi caso, con advertencias, con rechazos y demás angustias existenciales). Sentir que se ha perdido a alguien o sentir que ha salido de tu vida no es más que una circunstancia relativa; tan sólo un sentimiento que formará parte de la vida (y esperemos, del valor y tenacidad) de uno.
Hay veces que la pérdida de alguien o algo no se da repentinamente. Se acerca poco a poco; a veces lo imagina uno como agua filtrandose por los dedos cuando trata uno de tomarla con las manos. A veces es peor: entre una muchedumbre de voces y rostros desdibujados e impersonales; así fue como salió de mi vida: desvaneciéndose como se desvanece el recuerdo del más dulce sueño que uno haya tenido.
Los arcoiris.
por El niñito Inge y sus amiguitos Malditos.
Para Moniquín,
por su infinita sed de conocimiento.
Que tu sed nunca llegue a acabarse.
Luisito y Jorgito son dos niñitos mexicanos que -al igual que muchos otros millones de niñitos- viven en la zona urbana de
la ciudad de México, en una pequeña vecindad, para mas señas.
Al igual que miles de otros niños y niñas, ellos tratan de vivir su vida lo mejor que pueden, con lo poco que tienen.
Luisito vive con sus otros dos hermanos mayores: José y Francisco. Viviría con sus papás, si no fuera porque su mamita murió cuando nació él, y su papacito se entregó a la vorágine del alcohol, abandonándolos apenas 2 años después. Desde entonces, su hermano José y su hermano Paco abandonaron la escuela para trabajar y ganar dinero para darle de comer a Luisito.
Jorgito vive con su mamá Josefa. Nunca conoció a su papacito porque su mami Chepita le contó que se murió poco después de nacer él; a lo mejor por eso su mamita Chepita toma tanto y le pega; quizá su papi era tan bueno antes de morirse que ella lo extraña mucho.
Así transcurre la vida de Luisito y Jorgito, niñitos mexicanos cuyo mundo consiste en esa pequeña vecindad, perdida en los barrios de la monstruosamente enorme Ciudad de México.
En la vecindad hay algunos habitantes que sustentan su vida en los conflictos sociales, o así lo parece, puesto que buscan los conflictos -de cualquier clase- ya sean sociales, económicos o de convivencia; y cualquiera que los ve puede pensar que les gustan o se sienten cómodos con ellos, puesto que nunca buscan una solución.
Esto es también lo que piensa Luisito, porque ve como se pelean los vecinos: a veces a gritos y a veces a golpes. El sabe que don Nacho, el del 6, tiene una pistola de a deveras, de esas que disparan balas y que la puede usar en cualquier momento. Lo sabe porque don Nacho se las mostró -a Jorgito y a él- y hasta dejó que la tocaran. También sabe que otros vecinos tienen pistolas, porque a veces oye balazos en medio de las discusiones.
A él no le importa que sus hermanos lo dejen solo durante todo el día, ya le han explicado que tienen que estar buscando chambitas para juntar dinero; aunque a veces le da miedo ver a todos esos señores y señoras que llegan a la vecindad ya tomados y con ganas de encontrar problemas. Una vez se encontró a doña Chepita, la mamá de Jorgito; había tomado y se estaba tambaleando, a lo mejor por eso lo desconoció y quería pegarle; pero como él no es Jorge, que se echa a correr hacia la puerta de la vecindad, y ya en la calle, nunca lo pudo alcanzar.
Incluso ha visto tomando a sus hermanos Pepe y Paco; aunque solamente ha visto borracho a Pepe una vez, andaba abrazado de dos señoras muy pintadas, y con sus brillantes vestiditos muy pegaditos al cuerpo; andaba cantando en grupo con algunos de sus cuates -que se veía esaban igual de borrachos que él. Luisito corrió para saludarlo, pero cuando su hermano lo vio, solamente pudo medio decir ży tú quien eres, güey? y le dio una patada.
Luisito ya se ha dado cuenta que sus hermanitos están enojados con él, aunque no sabe bien porqué; él trata de portarse bien para que no lo golpeen o lo castiguen como a su amiguito Jorge y su mamá doña Chepita, aunque a veces parece que sus hermanos ni siquiera se acuerdan de él. Paco, el que trabaja en la carpintería, una vez le dijo que podría juntar mucho dinero y largarse de ahí, si no fuera porque tiene que mantenerlo a él; su hermano José, el que es albañil, nunca le ha dicho nada directamente, pero ha visto que a veces lo ve muy fijamente; lo hace sentir culpable de todas las botellas que se toma, aunque Luisito no entiende porqué sería él el culpable, puesto que ni compra todo lo que toma José ni lo obliga a tomárselo.
Jorgito quiere mucho a su mamá Chepita, a pesar de los trancazos que le da. Lo peor es cuando se junta con los señores que luego andan por la vecindad: cuando su mamita no los ve, o cuando está dormida, ellos lo tratan peor y los golpes que le dan son más fuertes que los de ella.
Pero ellos se van; ellos siempre se van, siempre ha sido así; para cuando su mamita despierta, y solamente encuentra a Jorge en el cuartito donde viven, se pone a llorar y se hinca pidiéndole perdón y diciéndole que nunca va a volver a pegarle. Jorgito la perdona y también se echa a llorar; la perdona porque la quiere mucho, aunque cuando vuelva a tomar y se emborrache, le volverá a pegar y se volverá a juntar con uno de los señores esos que también se emborrachan, y le pegan, y manosean a su mamita y a veces le rompen el vestido y hasta les roban el dinerito que han juntado.
A veces los señores esos son tan malos, que hasta han llegado a pegarle a su mamita Chepita, es entonces cuando ella se pone a llorar y a gritar, y Jorgito va con ella y la abraza y llora con ella para que no se sienta sola. Cuando los señores lo golpean, a veces él queda tan maltratado que no puede estar con su mamita y hasta termina en el hospital.
Luisito y Jorgito no tienen mucho en la vida: ni dinero, ni amor, ni seguridad, ni salud, ni familia ni nada. Pero se tienen entre ellos. Tienen su imaginación. Están vivos y son amigos.
En el medio de esta oscura y amenazante ciudad viven dos amiguitos, llenando su mente de fantasías y juegos, con una imaginación que los lleva muy lejos de donde están sus cuerpecitos, golpeados y solitarios.
Un buen día, Paco, el hermano mayor de Luisito, le regaló una patineta hecha con madera de desperdicio de la carpintería. A veces Paco no odiaba tanto a Luis, y hasta lo trataba bien. La patineta era solamente un pedazo de madera pulida con unas ruedas que Paco había encontrado en la basura. Cuando le regaló una segunda patineta para que jugara con su amigo Jorgito fue cuando Luis se puso muy contento, porque era más importante estar junto a Jorge que tener lo mejor del mundo.
Ese día llovió a cántaros -cosa normal en la Ciudad de México durante la temporada de lluvias- pero hacia el final de la tarde amainó la tormenta, y finalmente se detuvo. La atmósfera quedo diáfana y trasparente; aunque el omnipresente smog acechaba con su venenosa presencia. Las calles tenían un aspecto de limpieza, con charcos que jugueteaban por todas partes, aunque la basura y el caos citadino reemprendían su curso normal inundando todo otra vez. Esto era terreno fértil para la imaginación de Luisito y Jorgito, así que salieron de la vecindad donde vivían para jugar en medio de los charcos y estrenar sus patinetas.
En el ambiente enfermo y violento de una ciudad elefantiásica, sumergido en la vorágine de una comunidad violenta, promiscua y alcoholizada, ellos jugaban, protegidos por su imaginación infinita; perdidos en los senderos de sus juegos infantiles e inocentes.
Convertidas ya sus patinetas en corceles blancos y fabulosos, incansables y capaces de recorrer toda la Tierra corriendo en el aire, convertidos los charcos traviesos en océanos inmensos que albergaban la sabiduría eterna del tiempo; ya convertidos ellos en príncipes, ya en vikingos feroces o en sabios hechiceros, Jorge puso su patineta en el suelo, colocó su rodilla sobre ella y le dijo a su amigo:
- ¡Luis, vamos por los arcoiris!
Luis también montó su brioso corcel y le siguió al trote.
Deben haber encontrado alguno, porque nadie jamás los ha vuelto a ver.
Creada por el muy poco noble y muy poco insigne señor don Inge y los Malditos en esta
leal, santa, infausta y mefistofélica cuidad de México el 3-Cuetzpallin de la veintena Xocotl Huetzi del año 12-Tochtli
(gregoriano: 11 de Septiembre de 1998).
Fecha de última actualización: 10-Miquiztli de Atlacahualo del año 9-Tecpatl (gregoriano: 27 de marzo de 2008).
Fecha estelar: 2599.62